La tercera nave es un espacio de estudios para artistas contemporáneos multidisciplinares, situado en un loft industrial en la tercera planta de un edificio culturalmente emblemático, con una larga tradición de talleres artísticos en el corazón del vanguardista barrio de Carabanchel.
El espacio reúne estudios de creación junto a un área expositiva donde se desarrollan exposiciones, artist talks y talleres abiertos al público. Además, cuenta con un laboratorio de fotografía analógica, y todas las artistas residentes trabajan con la imagen fotográfica en su práctica, ya sea de forma principal o en diálogo con otros medios.
La tercera nave se concibe como un entorno de producción, investigación y encuentro, fomentando el intercambio entre creadoras y profesionales del sector. Promovemos activamente la visita de coleccionistas, comisarios, galeristas, agentes culturales, así como grupos de museos, universidades y cualquier persona interesada en el arte contemporáneo.
Más que un conjunto de estudios, es una comunidad dinámica que impulsa el pensamiento crítico, la experimentación y la difusión de nuevas prácticas artísticas.
epistemologías radicales
Actualmente, La Tercera Nave acoge la exposición colectiva Epistemologías Radicales, instalada tanto en el espacio expositivo como en los pasillos de la nave. La muestra reúne a todas las artistas residentes, quienes han desarrollado instalaciones específicas bajo la guía curatorial de Fabiola López Durán, proponiendo un recorrido que articula distintas aproximaciones críticas a la imagen y al conocimiento.
Más allá de la exposición, la actividad principal de La Tercera Nave se centra en los estudios de trabajo, concebidos como espacios de producción activa donde las artistas desarrollan diariamente sus procesos creativos. El entorno fomenta el intercambio de ideas, metodologías y técnicas, favoreciendo la experimentación y el aprendizaje colectivo.
La nave se define por su vocación de apertura y diálogo, generando encuentros, talleres y actividades públicas que buscan conectar con audiencias diversas y ampliar el acceso a la creación contemporánea.

“Yo no tengo nada que decir. Sólo que mostrar.
No voy a hurtar nada valioso ni me apropiaré
de formulaciones ingeniosas. Pero los andrajos, los desechos:
ésos no los voy a inventariar, sino hacerles justicia
del único modo posible: usándolos.”
Walter Benjamin
Walter Benjamin sostenía que todo saber surge del fragmento, de la ruina, del desecho, pues es precisamente en su incompletud donde se iluminan mutuamente lo que las cosas han sido y lo que siguen siendo. Privilegiar lo fragmentario y lo discontinuo como forma de construcción del conocimiento es, en ese sentido, una práctica radical; una crítica al imperialismo epistemológico de aquella historia y aquella ciencia que se han pretendido universales, objetivas y neutrales.
Es así como Ana Nance, Allegra Esclapon, Gloria Oyarzabal, Linarejos Moreno, María Gimeno y Pia Post —las artistas de La Tercera Nave— cuestionan, desde sus diversas prácticas, los fundamentos mismos del saber. En lugar de preguntarse cómo conocemos, interrogan qué exclusiones sostienen la construcción del conocimiento, qué violencias se inscriben en él y qué posibilidades existen para imaginar saberes y futuros más justos.
Sus trabajos despliegan sistemas epistemológicos abiertos, inestables, contingentes e incluso anacrónicos; prácticas sensibles al gesto, a los procesos, a la emoción, a la ausencia, en las que el arte se afirma como espacio político y ejercicio ético.
Gloria Oyarzabal y María Gimeno asumen el desafío de reconfigurar lo que constituye la historia. Para ellas no se trata de llenar vacíos en estructuras hegemónicas ya establecidas, sino de rechazar la temporalidad que condena la violencia de esos vacíos a un pasado irreparable y obsoleto. Al hacerlo, María revela lo que hemos internalizado casi sin darnos cuenta: la violencia sistemática del patriarcado que ha invisibilizado la producción artística de mujeres a lo largo de los siglos en museos, archivos, universidades y en los libros con los que se sigue enseñando la historia del arte. Su trabajo sienta las bases de una historia más inclusiva, crítica y plural. Gloria, por su parte, nos invita a reconocer y desaprender las formas de pensamiento imperial que subyacen en nuestras instituciones y que han permitido la extracción, clasificación y apropiación de la producción cultural y simbólica de los pueblos del sur global, mientras se distancian las comunidades que las generaron y se destruyen los mundos que esos objetos encarnan.
Para Ana Nance y Linarejos Moreno, el conocimiento se construye desde el territorio y el archivo, y a través de la yuxtaposición de procesos cognitivos heterogéneos: desde metodologías científicas e infográficas hasta prácticas ancestrales y tradiciones orales —colectivas y empíricas— capaces de transmitir el patrimonio cultural inmaterial. Ana se adentra en el territorio de sus ancestros como campo de investigación material y simbólica: recoge la historia en sus olvidos y fragmentos, modela su tierra como archivo y la transforma en registros íntimos de existencia. Al mismo tiempo, yuxtapone paisaje y territorio personal sobre episodios de conflicto, placer, resistencia, y cultura registrados en sus propios archivos del mundo, configurando así un dispositivo visual en el que memoria, experiencia y espacialidad convergen críticamente. Linarejos, en cambio, cuestiona la pretendida objetividad y exactitud de geografías e infografías clasificatorias: desde las fitogeografías de Alexander von Humboldt —concebidas para representar la distribución geográfica de especies vegetales en las Américas— hasta fórmulas matemáticas para calcular la edad de los árboles o retículas para cartografiar la expansión de la industria ganadera. Como anotaciones científicas inscritas en el paisaje, su investigación produce una forma de conocimiento que se opone a las lógicas extractivistas del capitalismo y a las estructuras de explotación laboral, segregación racial e injusticia ambiental que lo sostienen.
A partir de una observación detenida de la diversidad, la complejidad, y la extraordinaria capacidad de transformación de la naturaleza, Allegra Esclapon y Pia Post producen otras economías del saber que desplazan regímenes hegemónicos de valor y producción. Las esculturas de Allegra condensan gesto, azar y movimiento —de los cuerpos y de los procesos— configurándose como archivos materiales de cambio y transformación. Son construcciones que acogen la contingencia como principio constitutivo, e inscriben, en su propia materialidad, el diálogo entre materia y acción. Pia, por su parte rescata desechos, semillas y «plantas inútiles» —aquellas que suelen ser erradicadas de campos y jardines, que se adhieren a la ropa, que incomodan y se descartan— para replantarlas en un campo de significado que subvierte las jerarquías entre lo valioso y lo residual. Pia les admira, limpia, y cuida con minucia, les recompone y, en el proceso, hace emerger su belleza y complejidad, articulando composiciones híbridas que interpelan la visión antropocéntrica del mundo natural, y abren paso a formas más sensibles y recíprocas de convivencia ecológica.
Existe en el trabajo de estas seis artistas un compromiso profundo con lo que resiste y sobrevive, una actitud cognitiva innovadora que irrumpe la aparente continuidad del tiempo y de la historia, revelando estructuras ocultas, trayectorias invisibilizadas, y mirando al futuro con aliento desde su labor reparadora de mundos fracturados.
Fabiola López-Durán











